La dualidad

Polo norte y polo sur, blanco y negro, sí y no, luz y oscuridad, frío y calor, día y noche.

Nos movemos en la dualidad siempre, entendiendo la vida desde dos extremos a partir de los cuales medimos todas nuestras experiencias, emociones y sensaciones.

Esta dualidad nos empuja a posicionarnos con un extremo porque siempre hay uno con el que resonamos, que consideramos «bueno» y esperamos y deseamos con todas nuestras fuerzas que sea el extremo vencedor, que gane al «malo».

Esperamos que el bien prevalezca sobre el mal, que el orden supere al caos, que todo se llene de luz venciendo a la oscuridad.

En realidad, esto hace que nos posicionemos lejos del punto de equilibrio.

La misión del bien no es vencer al mal.

La misión de la luz no es eliminar la oscuridad.

Lo «bueno» no es que el orden derribe el caos.

La victoria no está en la prevalencia de uno de los extremos dominando al otro, sea cual sea el que tú creas que es bueno.

Equilibrio, ahí está la clave. Ese es el punto a alcanzar.

Esto puedes entenderlo y aplicarlo a todo aquello que te suceda en tu vida, a tus experiencias.

Nunca se ha tratado de vencer o de ganar, no se trata de menospreciar aquello que te señala lo que debes sanar o conocer, se trata de darte cuenta que estás situado en un extremo… y no perseguir el contrario, sino comprender el punto en el que estás para encontrar el término medio.

Hemos aprendido a ser competitivos, a querer ganar a toda costa.

Ahora, incluso, las enfermedades las vislumbramos como una batalla, que otros tengan una ideología distinta es motivo para enfrentarse, lo diferente es lo que se debe abatir. Lo que perturba debe ser destruido.

Todo se convierte fácilmente en un casus belli cuando negamos lo que es y pretendemos vencer.

Que vivamos en un mundo dual ha permitido malinterpretar la realidad de tal forma que todo lo medimos como si aquello que vislumbramos estuviese compuesto de dos posibilidades, como si sólo tuviésemos dos opciones.

La victoria pertenece a la ignorancia.

Observamos como dos opuestos se pelean, batallan, luchan… como David y Goliat.

Qué fácil es verse reflejado en esa historia en la que un gran problema (Goliat), requiere de nuestros mejores dones para poder ser superado, para poder vencerlo, para derrotar al contrincante (David).

La historia del gigante abatido por un pequeño hombre con una honda puede ser tomada como una parábola o puede ser entendida como un hecho histórico, no importa si sucedió o no sucedió, importa que muchas veces, frente a los retos, tendemos a querer simular a David. Cuanto más grande es el problema, cuanto más grande es la dificultad, más queremos encontrar nuestra piedra y nuestra honda.

Sin embargo, fijaos:

En palabras de Goliat, si él resultaba derrotado y muerto por el israelita, los filisteos serían esclavos de Israel, pero si él vencía y mataba al escogido de Israel, los israelitas serían esclavos de los filisteos (1 Samuel 17:8-9).

Ya sabéis que venció David. El bueno de David. Eso no libró a nadie de ser esclavo. Tampoco fue un rey bondadoso, acompañado de atributos y dones celestiales:

David conquistó Soba, Aram (la actual Siria), Edom y Moab (la actual Jordania), así como las tierras de los filisteos y de otros territorios. En muchos casos exterminó a gran parte de sus habitantes cananeos.

Entonces no son dos opuestos batallando, no son dos bandos batallando, son lo mismo peleando para esclavizar a un tercero.

Cuando las exigencias del bien o lo bueno, cuando el sacrificio de la virtud te produce dolor, te produce malestar, te facilita la culpa por no alcanzar los hitos que se presuponen que debes integrar… lo bueno no es tan bueno.

Pero, en lugar de cuestionarnos si eso que parece que es lo correcto y nos provoca dolor por ausencia o por exceso, aquello por lo que aceptamos y asumimos que nosotros no somos buenos o no estamos a la altura, nos cargamos. Nos convertimos en parte del problema porque nos asociamos con uno de los dos extremos, rechazando nuestro propio lugar entendiéndolo erróneo.

Aquello que tiene formato de exigencia, aunque sea de ti mismo hacia tus propias circunstancias, está promovido por la ignorancia, por el deseo de oponerse y batallar, por el deseo de pelear

Ser verdugo o ser víctima es estar exactamente en la misma posición, en el mismo punto del extremo, aunque sea haciendo cosas diferentes. En apariencia.

Así es que empieza a darte cuenta que aquello que duele, sólo requiere de entendimiento, aunque muchas veces este nos alcance en el camino y no en el mismo instante.

Aquello que no está en tu vida como te gustaría que estuviese, en realidad, necesita de tu comprensión, de cierta perspectiva, quizás de tu atención, pero no necesita que lo interpretes como tu enemigo, como el objeto a abatir.

Empieza a darte cuenta que aquello que tú consideras que son tus defectos, tu parte más caótica, vulnerable o menos agradable, no es más que una parte de ti que espera ser reconocida por ti mismo.

Y es necesario que lo hagas, porque mientras tú no te reconozcas plenamente, con tu luz y tu sombra, por dentro y por fuera, estarás sometida a los Davids y Goliats que existen en el mundo y que tú misma diseñas en tu vida, cuando sólo sirven para encadenarte.

Para esclavizarte.

Sé libre. Trasciende la dualidad.

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